Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío, por ser Vos quien sois, y porque Os amo sobre todas las cosas; me pesa en el alma haberos ofendido, propongo, firmemente, enmendarme, nunca más pecar, apartarme de las ocasiones y peligros de ofenderos, confesarme a su tiempo y cumplir con la penitencia que me fuera impuesta. Os ofrezco, Señor, mi vida, obras y trabajos, en satisfacción de mis pecados; y así como os lo suplico, así confío en vuestra bondad y misericordia infinita, que me los perdonaréis por los méritos de vuestra preciosísima Vida, Pasión y Muerte, y me daréis gracia para enmendarme y perserverar en vuestro santo servicio hasta el fin de mi vida. -Amén.
¡Jesús Nazareno, Padre y amoroso Redentor mío, que en el templo de Candelaria tienes un trono donde descansa vuestra Soberanía y Grandeza, para consuelo de todas las almas afligidas, que imploran tu misericordia y perdón!.
Concédeme, Señor, lo que te pido en este ejercicio; y si no, endereza mi súplica a lo que sea de mayor agrado vuestro. -Amén.
TERCER VIERNES.
La coronación de espinas.
Canción:
Mis culpas, Señor, son
las que a tus sienes divinas,
llenas de sabias virtudes,
atraviesan las duras espinas.
Es corona punzante y aguda,
de una pasión lamentaria;
perdóname, Divino Jesús,
Nazareno de Candelaria.
¡Dulcísimo Jesús! Oyes desde tu trono celestial al más humilde de los pecadores. Tú eres Señor, mis delicias, mi gozo, mi salud, mi felicidad y todo y cuanto puedo ver y desear. Te pido, Señor, que por aquella inmensidad de espinas que en tu preciosa frente fué colocada, coloques también en la mía la corona de la gracia, para conocer que todo me sobra, si te poseo; y que todo me falta, si Tú me faltas.
¡Jesús, Salvador de nuestras almas!, fuiste Creador antes de la Encarnación, Maestro antes de la Redención y Redentor en vuestra Muerte y Pasión.
¡Virgen Santísima! ¡Corazón compasivo de la Madre de mi Dulce Redentor! ¡Virgen dolorosísima! Quién pudiera penetrar tu íntimo sentimiento en la Pasión y Muerte de tu dulcísimo Hijo. ¿Cómo no hallas quién te consuele sobre la tierra, cuando tú eres el consuelo de todos los afligidos? te suplico, Reina mía, por tu afligido corazón, que dejes caer sobre mí, alguna de aquellas lágrimas que corrieron por tus mejillas, para que llore sin término como reo delincuente de la cruel muerte de tu Divino Hijo, causa de tu amarga soledad.
Concédeme, Señora, conseguir por este ejercicio a tu amoroso Hijo, lo que pido, como única intercesora mía delante del Señor, si es para el bien de mi alma y agrado vuestro. -Amén.
¡Piadoso Señor, Bendito seas! No en balde la mirada triste de tus divinos ojos tiene siempre fulgores celestiales y consoladores para las almas pecadoras, que van a Tí en busca de refugio. No en balde tu frente teñida con la púrpura de tu sangre redentora cae macilenta y quejumbrosa sobre tu pecho misericordioso, enseñando a los que sufren la virtud de la abnegación.
















